Hay partidos que no se miden solo por el resultado, sino por lo que revelan del equipo que los juega. El 3 a 2 de Panamá sobre Guatemala en El Trébol no fue simplemente una victoria necesaria para seguir con vida en el Grupo A. Fue una radiografía a cielo abierto de la selección de Christiansen: sus virtudes cuando toma la iniciativa, sus defectos cuando se parte en dos y sus zonas oscuras cuando el rival le cambia el libreto. En un estadio convertido en caldera, con la presión de una tabla que no perdonaba otro tropiezo, Panamá encontró goles, encontró carácter y también dejó expuestas grietas que explican por qué la clasificación todavía pende de un hilo. Ganó, sí. Pero sobre todo aprendió cuánto le falta para que ese tipo de partidos dejen de ser una ruleta.
La mejor versión de Panamá apareció cuando el equipo entendió que el partido debía jugarse lejos de su área. La presión alta sobre la salida guatemalteca no fue un gesto estético, fue una decisión estratégica: obligar al rival a pensar rápido, a dividir balones y a vivir incómodo. Londoño y Waterman fijando centrales, Martínez molestando al mediocentro, Carrasquilla saltando líneas desde atrás y Godoy barriendo por detrás para sostener el bloque. Ahí se vio lo bueno de este proceso: un equipo que no renuncia a mandar, incluso fuera de casa, incluso en una noche tensa.

Con pelota, Panamá supo por dónde dolía. Cuando Coco se movió entre líneas y recibió con tiempo, el equipo encontró pases verticales que desarmaron la estructura de Guatemala. Cuando la jugada lo pedía, se apoyó en Davis y Blackman para ensanchar el campo y forzar a los laterales rivales a retroceder. Esa ocupación racional de espacios permitió lo que tantas veces se le había negado al equipo: que el volumen de juego se transformara en ventaja tangible. El doblete de Waterman no nace de la casualidad. Es el producto de un equipo que llega con gente, que carga el área, que está atento al rebote y que, por una vez, decidió rematar con convicción en lugar de buscar un pase más.
Lo positivo no es solo que Panamá marcó dos veces. Es cómo lo hizo. En ambos goles hay una idea reconocible: recuperación alta, pocos toques, decisión en el último tercio. El equipo se permitió ser agresivo, pero no caótico. Cada pase tenía intención, cada movimiento sin balón liberaba a un compañero. La selección se fue al descanso con algo más que una ventaja de dos goles. Se fue con la sensación de que, cuando su plan se ejecuta bien, puede someter a un rival directo en su propia casa. Esa es la versión de Panamá que alimenta la ilusión de Mundial.
El problema es que la selección todavía no sabe vivir cómoda con la ventaja. Lo que ocurrió tras el descanso expone lo malo de este equipo cuando pierde el control emocional del partido. Guatemala adelantó líneas, metió gente fresca en ataque, convirtió cada balón parado en una amenaza y Panamá retrocedió casi de forma automática. La presión alta ya no fue coordinada, los bloques se estiraron y la distancia entre los mediocentros y la zaga empezó a crecer. Allí se abrió un pasillo que el rival no tardó en detectar.
Cuando la pelota dejó de pasar tanto por Carrasquilla y Godoy, Panamá dejó de mandar y empezó a reaccionar. Ese cambio de rol le pesa a la selección. Sin una salida clara, los despejes se volvieron más largos, menos precisos y el equipo se vio obligado a correr hacia atrás con demasiada frecuencia. La defensa, que había estado sólida en el juego aéreo y los duelos frontales, empezó a sufrir a la espalda, donde las carreras diagonales y los centros al segundo palo encontraron dudas. Los goles de Guatemala no son accidentes. Son la consecuencia de un equipo que pierde referencias cuando se ve sometido y que, por instantes, se desconecta en las marcas dentro del área.

Ahí aparece uno de los puntos críticos del proyecto: la gestión de los momentos malos. Panamá no siempre sabe enfriar el partido cuando el rival lo calienta con centros, empuje y ruido. Le cuesta reconocer cuándo necesita una posesión larga para bajar pulsaciones, cuándo conviene hacer falta táctica en campo rival o cuándo tiene que refugiarse por unos minutos más cerca de su área, pero en bloque compacto. En esa fase, la selección se vio dividida entre la intención de seguir presionando arriba y la realidad de un equipo físicamente exigido que ya no llegaba con las mismas piernas. El resultado fue un bloque partido, vulnerable a cualquier balón filtrado.
Lo que evita que el análisis se hunda en la preocupación es que, en medio de la tormenta, el equipo mostró algo que durante mucho tiempo se le reclamó: carácter competitivo. Una vez que Guatemala igualó el marcador, el escenario estaba servido para el derrumbe. La caldera explotaba, el rival olía sangre, la tabla se volvía una amenaza y no una oportunidad. Y, sin embargo, Panamá no se resignó a refugiarse en su área a esperar el pitazo. Christiansen ajustó desde el banquillo, movió piezas para recuperar salida por banda y refrescar la referencia en el área. No fue un cambio cosmético, fue un mensaje: el partido todavía se podía ganar hacia adelante.
Ese giro de mentalidad es lo mejor que deja el partido. Cuando el equipo recupera la pelota en campo rival y termina encontrando el gol de la victoria, no lo hace solo por inercia. Lo hace porque decide no aceptar el guion que le proponía el entorno. La definición de Fajardo, cargada de contexto personal y colectivo, simboliza un cambio de narrativa. El delantero que venía bajo sospecha convierte justamente en la noche donde el equipo necesitaba que alguien asumiera la responsabilidad del resultado. Ahí aparece la dimensión humana del juego: la selección que solía romperse ante la presión encontró un modo de usar esa presión a su favor.

El cierre del encuentro también dice mucho. Panamá no termina jugando bonito ni mucho menos. Termina defendiendo con todo, despejando sin complejos cuando es necesario, haciendo faltas tácticas lejos del área y aceptando que, en ciertos minutos, el pragmatismo vale más que la ortodoxia. No es el fútbol más agradable, pero sí es el fútbol que se necesita cuando has dejado que el rival vuelva al partido. Y eso también forma parte del crecimiento: entender que no todos los tramos se juegan con el mismo código.
Si se mira el partido como un bloque, lo que aparece es un espejo que no tiene piedad. De un lado está lo mejor del proceso: un equipo que sabe proponer, que tiene mecanismos trabajados, que genera ocasiones con regularidad y que, al menos en esta noche, consiguió romper el estigma de la falta de contundencia. Del otro lado está lo que todavía no se consolida: la capacidad de controlar partidos emocionalmente inestables, la dificultad para convivir con la ventaja sin desordenarse y la fragilidad recurrente a la espalda de la defensa cuando el bloque se rompe.
El cuerpo técnico puede salir de El Trébol con argumentos a favor y en contra. A favor, que la idea ofensiva funciona cuando se ejecuta con confianza y que el equipo ya no depende solo de chispazos individuales para hacer daño. Que hay una base clara en el doble pivote, en la función de los laterales, en el rol del nueve y en cómo se atan los movimientos entre interiores y extremos. En contra, que la selección aún no domina las transiciones defensivas como debería un equipo que aspira a un Mundial y que sigue siendo vulnerable cuando el plan A se resquebraja. Que el margen de error atrás es demasiado fino para la cantidad de veces que se expone.
Lo feo del partido, en términos de proceso, es que todo esto se expone en un contexto donde ya no hay mucho tiempo para aprender. El grupo no ofrece más margen. Cada desconexión tiene costo. Cada despiste puede convertirse en bala perdida. Y aun así, lo que quedó demostrado es que la selección no es solo víctima de las circunstancias. También es capaz de imponer su voluntad en noches complicadas. Esa dualidad define hoy a Panamá.

La consecuencia competitiva de todo esto es directa: el Grupo A se ha reducido a una pelea a dos bandas entre Panamá y Surinam. La victoria en Guatemala ordena una tabla que venía siendo un rompecabezas y deja al equipo de Christiansen en la posición que siempre debió ocupar: dependiendo de sí mismo. Pero esa ventaja es tramposa. Obliga a ganar en casa, sin excusas, ante un rival que llega sin nada que perder y con la posibilidad de arruinar una fiesta entera.
Ante El Salvador, Panamá tendrá que demostrar que aprendió algo más que a sufrir. Tendrá que probar que puede reproducir lo mejor de su primer tiempo en Guatemala, esa versión que presiona alto, que hace de la pelota un arma y no un problema, que convierte llegadas en goles sin necesidad de generar diez ocasiones para marcar una vez. Y, al mismo tiempo, deberá corregir lo que casi le cuesta el partido: la desconexión cuando el rival se le viene encima, la fragilidad en las segundas jugadas, la falta de pausa cuando el ritmo lo marca el otro.
El martes no se juega solo un resultado. Se juega la confirmación de una identidad. Si Panamá logra combinar la valentía con la gestión, la iniciativa con el orden y la intensidad con la cabeza fría, la noche ante El Salvador puede convertirse en el último escalón hacia el Mundial. Si repite los mismos errores de administración de ventaja y se deja arrastrar otra vez por el descontrol, la clasificación pasará de objetivo cercano a lección dolorosa. La diferencia entre una cosa y la otra no está en la táctica solamente. Está en la capacidad de este grupo para entender que ya no se trata de soñar con ir al Mundial. Se trata de comportarse como un equipo que pertenece a ese nivel.