La historia del fútbol panameño siempre ha oscilado entre el heroísmo y la tragedia. Llegar al Mundial de Rusia 2018 marcó una grieta en la línea del tiempo: dejó de ser una ilusión para convertirse en un estándar. Pero en noviembre de 2025, el sueño de regresar al escenario mayor se sostiene sobre un hilo tan tenso que cualquier error táctico, cualquier lectura emocional errada o una simple falta de olfato competitivo puede desatar la caída por el precipicio. La convocatoria de Thomas Christiansen para enfrentar a Guatemala y El Salvador no es una lista más. Es una sentencia: clasificación o fracaso.
La Selección de Panamá está ante la última fecha FIFA de estas eliminatorias rumbo a la Copa del Mundo 2026. Dos partidos. Ciento ochenta minutos. Y una posibilidad real de que Panamá quede fuera incluso ganando ambos encuentros. Surinam puede arruinarlo todo si consigue lo mismo y supera la diferencia de goles. Es una ecuación simple en el papel, pero terriblemente compleja en el campo de juego: Panamá no solo debe ganar, debe anotar, debe golear, debe recuperar su identidad.
Y aquí nace la pregunta que atraviesa toda la convocatoria: ¿Panamá sabe quién es?
Thomas Christiansen se sentó frente a la prensa e hizo lo de siempre: proyectó seguridad, minimizó la crisis y respondió con un contundente diez cuando se le preguntó sobre su nivel de confianza para clasificar al Mundial. No titubeó. No dudó. No mostró grietas. Pero la confianza de Christiansen contrasta brutalmente con el contexto.
Panamá ha marcado tres goles en cuatro partidos. Ha enviado más de cien centros al área en esos encuentros. Apenas dos de esos intentos terminaron dentro de la red. El equipo mueve la pelota, la acaricia, la administra, pero no lastima. No hiere. El rival lo sabe. El público lo sabe. Los jugadores también.
Christiansen insiste en una idea: jugar bien. Pero jugar bien no es lo mismo que jugar bonito. Y jugar bonito no es lo mismo que ganar. Panamá parece obsesionado con parecer lo que no es. Quiere ser Barcelona sin tener la estructura de Barcelona. Quiere ser champagne cuando lo que necesita es ser puñal. Los números lo delatan: posesión estéril, centros sin destinatario, delanteros desconectados, extremos desencajados.
El juego se volvió trámite. Panamá dejó de romper defensas para empezar a decorarlas.
En eliminatorias, eso mata.

Quintero vuelve a la selección con 37 años. Un jugador que Christiansen había descartado públicamente meses atrás diciendo que había otros por delante. Que no había vestido la camiseta nacional desde noviembre de 2023. Hoy, repentinamente, es necesario.
El argumento oficial es su rendimiento actual: Quintero es líder de asistencias en la Liga Panameña de Fútbol. Es el extremo que encara, que rompe líneas, que fabrica faltas, que te obliga a cambiar la defensa. Panamá necesita eso. El problema no es su nivel. Es el contexto. ¿En qué mundo se llama a un jugador que no estaba en los planes para la jornada más decisiva del proceso?
Esto huele a recurso desesperado. A una convocatoria para las gradas. A fan service. Es una decisión que grita que el proceso perdió control. Porque si el técnico confiara en su plan, en su modelo de juego, en sus alternativas, no tendría que mirar atrás para buscar salvación en una figura histórica.
El retorno de Quintero revela un síntoma: Christiansen agotó su libreta de opciones.
Adalberto Carrasquilla es el termómetro emocional y futbolístico del equipo. Cuando él funciona, Panamá funciona. Cuando él está apagado, Panamá desaparece. El problema es que los rivales lo leyeron. Hoy lo presionan, lo ensucian, lo rodean. Cada balón que recibe es un caos. Últimamente está perdiendo balones en sectores prohibidos. El equipo depende de él de manera enfermiza. Es más fácil bloquear un sistema que descansa en un solo jugador que contener un equipo que tiene variantes.
Carrasquilla no está mal. Panamá está obsesionado con él.
Rumores de lesión. Christiansen afirma que está bien. Una leve molestia. Listo para jugar. Pero una cosa es estar disponible y otra es estar al cien por ciento. Ismael es verticalidad pura. Si él no está para romper por fuera, Panamá pierde amplitud y su ataque se vuelve predecible. Su ausencia parcial sería un golpe táctico devastador.
Rodríguez ha tenido continuidad y rendimiento sostenido en Venezuela. Es un delantero con ritmo de competencia real. Y aun así, Christiansen lo ha ignorado en eliminatorias. Si no lo usó antes, ¿por qué lo usaría en el momento decisivo?
Esto evidencia que la convocatoria no fue planificada. Fue reactiva.
«Panamá quiere jugar como el Barcelona. Panamá no es el Barcelona.»
Christiansen quiere ganar a través de la posesión. Pero Panamá históricamente ha clasificado gracias a presión alta en momentos claves, verticalidad sin complejos, juego directo sin miedo a equivocarse, atrevimiento individual.
Hoy el equipo recibe la pelota y mira hacia atrás. Nadie rompe. Nadie pega. Nadie arriesga. La identidad fue sacrificada en el altar del estilo.
El fútbol no premia la estética. Premia la agresividad.
La magnitud de lo que está en juego no se está midiendo con la seriedad que corresponde. Quedar fuera del Mundial no es solamente fallar en lo deportivo. Es perder millones de dólares en premios FIFA, en exposición internacional, en patrocinadores, en desarrollo de infraestructura y en fortalecimiento de la liga local. Es un retroceso estructural que puede afectar todo el proceso del fútbol panameño durante los próximos cinco o diez años.
Y aquí aparece la brecha más peligrosa del momento: la distancia entre el discurso del técnico y la realidad.
Thomas Christiansen fue preguntado en conferencia:
¿Qué tan seguro está de clasificar del uno al diez?
Respondió sin pestañear: diez.
Pero el resto país no está en diez.
El país está en cinco.
Entre creer y temer. Entre confiar y dudar. Es esa sensación en el estómago de “esto se puede caer en cualquier momento”.
Y la tabla está en tres.
Fría. Matemática. Implacable. Dice que Panamá puede ganar sus dos partidos y aun así quedar fuera si Surinam hace lo mismo con mejor diferencia de goles.
Ahí está el choque:
Christiansen proyecta seguridad total.
La afición está partida a la mitad.
La tabla muestra riesgo real de eliminación.
Confianza hay.
Respaldo numérico, no tanto.
Las convocatorias dicen mucho del equipo. Pero esta dice más del técnico. Christiansen convocó a Quintero porque ya no le quedan respuestas. Convocó por necesidad y no por planificación. Convocó por temor a caer y no por ambición de trascender.
Hay dos partidos que definirán un ciclo completo. No es solo fútbol. Es una guerra de identidad.
Panamá tiene que decidir si quiere pasar a la historia o volver a ser un espectador más.
Solo hay un camino para clasificar: romper el miedo y recuperar el hambre.
Porque en noviembre no se juega bonito.
Se juega la vida.