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Panamá poseyó sin castigar y pagó las espaldas ante el primer pelotazo limpio

Jueves, 1 de Octubre de 2026

Por Enrique Rivera

El primer castigo llegó por donde ya se veía el hueco

Panamá abrió el partido en Yokohama con la iniciativa que buscaba Thomas Christiansen: salida elaborada, rotaciones entre Giovanni Herbert y César Blackman para enredar marcas, y primer contacto ofensivo por la banda de Jorge Gutiérrez. Los primeros doce minutos fueron de control territorial panameño. Nueva Zelanda se replegó en un 4-2-3-1 compacto, con Chris Wood como referencia, Ben Waine y Eli Just abiertos, y Marko Stamenic junto a Alex Rufer en el doble pivote; pocos toques y sin pelear el ritmo. El problema no fue la falta de balón; fue lo que ocurrió la primera vez que el rival encontró un pelotazo limpio al espacio.

Al minuto 13, Marko Stamenic marcó con asistencia de Ben Waine, en una acción construida por el sector derecho y ante una defensa panameña adelantada. Bastó un pase a la espalda de la línea. La zaga panameña, con Michael Amir Murillo, Carlos Harvey y Jiovany Ramos en una línea de tres que se abría a cinco en salida, quedó mal posicionada ante la profundidad. Ese gol no contradijo el plan de posesión; lo expuso. Nueva Zelanda no necesitó igualar el volumen de juego para abrir el marcador. Le bastó una transición de pocos pases y una zaga adelantada que no corrigió a tiempo.

La estadística posterior lo deja en un número duro: Panamá terminó con el 64 % de la posesión y apenas dos disparos a portería en los noventa minutos. El dominio fue real; la traducción en remates claros, no.

Posesión sin eje de definición

Después del 0-1, el equipo de Christiansen recuperó la pelota y volvió a instalarse en campo rival, pero el patrón se repitió. Hubo centros de Blackman y de José Luis Rodríguez y movimientos de José Fajardo para arrastrar marcas. También aparecieron un disparo flojo de Fajardo y un desvío suyo tras un centro de Puma. La referencia ofensiva se movió y presionó; lo que faltó fue el último gesto.

En el mediocampo, Adalberto Carrasquilla y Cristian Martínez sostuvieron la construcción del primer tiempo. Martínez, en particular, filtró entre líneas y sirvió de enlace con las bandas. Herbert rotó por dentro y por fuera, ofreciendo un tercer hombre que Nueva Zelanda no siempre pudo marcar con la misma referencia. El esquema panameño, fluido entre un 3-4-3 y un 5-3-2, le daba superioridad numérica en salida, pero el bloque neozelandés aceptaba ceder metros y esperaba el error o el balón largo a espaldas.

El talón de Aquiles quedó confirmado en el tramo 14-20: Nueva Zelanda insistió por la izquierda panameña, la zona de Gutiérrez y el entorno de Murillo, y Panamá perdió precisión al intentar salir otra vez. No fue un desborde constante del rival; fue la amenaza permanente de que un solo envío profundo volviera a romper la línea. Ese miedo condicionó la altura de la zaga y restó agresividad a la presión adelantada, que solo apareció de forma intermitente.

Herbert resolvió lo que el área no estaba resolviendo

El empate llegó en el tiempo añadido del primer tiempo, al 45’+1. La jugada resume lo mejor de Panamá en ataque elaborado: pase entre líneas de Cristian Martínez, regate en uno contra uno de José Luis Rodríguez y definición de zurda de Giovanni Herbert dentro del área. Fue el primer gol de Herbert con la selección absoluta y cambió el ánimo al descanso. Más importante aún, validó la apuesta por un volante con llegada en un partido donde el delantero centro no estaba ganando duelos de definición.

Puma Rodríguez fue el desequilibrio individual más consistente. Insistió todo el encuentro en duelos de banda, forzó centros y asistió el 1-1. Cuando Panamá encontró superioridad real, casi siempre fue por su capacidad de ganar el uno contra uno y no por una combinación colectiva que desordenara la última línea rival de manera sostenida. Martínez puso el pase previo; Herbert la definición. La cadena fue corta y concreta, no un aluvión de ocasiones.

Valencia cambió el perfil de la izquierda; los recambios diluyeron el centro

Christiansen reaccionó al descanso. Al minuto 46 entró Omar Valencia por Jorge Gutiérrez. El cambio no fue cosmético: el lateral joven atacó la banda con más profundidad, se mostró temprano y asoció mejor con Rodríguez. El tramo 49-55 fue el mejor empuje ofensivo panameño del segundo tiempo, con córner ganado y presión más alta. La izquierda dejó de ser solo el flanco castigado y pasó a ser un carril de proyección.

Ese ajuste, sin embargo, coincidió con un golpe estructural. Al minuto 54, Jiovany Ramos pidió el cambio por un pinchazo muscular tras un esfuerzo defensivo. Entró Martín Krug. En ese mismo tramo, alrededor del 56, Azarías Londoño ingresó por Giovany Herbert. Poco después salieron piezas del manejo central: Carrasquilla (66 minutos) y Cristian Martínez; al minuto 67 entraron Daivis Murillo y Víctor Griffith, y más tarde las variantes ofensivas incluyeron a Mijahir Jiménez por Fajardo. Harvey se reacomodó hacia el mediocampo en el reordenamiento.

La intención era clara: refrescar piernas, dar minutos a jóvenes en una gira asiática y sostener el empuje. El efecto observable fue otro. Con Fulo y Carrasquilla fuera, Panamá perdió fluidez en la gestión del balón por el centro. El partido se abrió entre el 70′ y el 85′. Nueva Zelanda volvió a generar peligro en transiciones y a balón parado; Panamá respondió con posesión tardía y centros sin el mismo filtro. La lesión de Ramos obligó a rearmar la zaga en caliente y restó continuidad a una línea que ya había mostrado dudas ante envíos profundos.

Mosquera intervino en el juego abierto con rechaces suficientes para sostener el empate, pero el equipo ya no controlaba los mismos ritmos del primer tiempo. Se agotaron los tres minutos de reposición y el reglamento de la Copa Kirin mandó el cruce directo a penales, sin prórroga.

La tanda resolvió lo que el área no había resuelto

En la definición desde los once metros, Nueva Zelanda convirtió sus cinco cobros; Michael Boxall selló la serie. Por Panamá anotaron Michael Amir Murillo, Carlos Harvey y Víctor Griffith. El guardameta Alex Paulsen detuvo el disparo de Mijahir Jiménez. El 5-3 en penales clasificó a los All Whites a la final y dejó a Panamá en el partido por el tercer puesto del lunes 5 de octubre ante el perdedor de Japón-Ecuador.

Mosquera no logró atajar en la tanda. Jiménez, ingresado tarde como variante ofensiva, cargó con el fallo decisivo. No hay que inflar ese momento como causa del empate en noventa minutos: la tanda fue el mecanismo de desempate de un partido que Panamá no cerró cuando tuvo el balón y no selló defensivamente cuando el rival atacó el espacio.

Dónde falló el funcionamiento panameño

El eje del rendimiento canalero se puede ordenar en tres fallas documentadas y un acierto parcial.

La primera falla fue defensiva y temprana. La línea de tres/cinco, adelantada, no resolvió la vigilancia a espaldas ante el primer pelotazo preciso. Stamenic no necesitó una combinación elaborada; necesitó que Waine encontrara el intervalo. Mientras ese intervalo exista, la posesión adelantada se convierte en riesgo permanente. Gutiérrez, además, no ofreció el mismo equilibrio que Valencia después del descanso.

La segunda falla fue de contundencia. Sesenta y cuatro por ciento de posesión con solo dos remates a puerta describe un ataque que circula y no termina. Fajardo aportó movilidad y presión, pero falló definiciones claras: un disparo flojo y un remate desviado. Los centros de banda llegaron; el área no las capitalizó. En un formato de final four con penales al empate, esa falta de pegada no es un detalle: empuja el cruce a una lotería que el rival jugó con más eficacia.

La tercera falla apareció con los recambios forzados y voluntarios del segundo tiempo. La salida de Ramos por lesión reordenó la zaga. Las salidas de Carrasquilla y Martínez quitaron el filtro de construcción que había sostenido el primer tiempo. Valencia mejoró la proyección izquierda, Herbert había dado el gol y la personalidad por dentro, y Griffith al menos convirtió su penal; aun así, el equipo diluyó el control central justo cuando el partido se abría. Más sangre joven no se tradujo en más claridad para romper el repliegue neozelandés.

El acierto parcial estuvo en la respuesta anímica y en piezas individuales. Herbert no se escondió, llegó al área y empató. Rodríguez sostuvo el desequilibrio en banda durante todo el partido. Martínez conectó el pase del 1-1. Valencia corrigió el perfil del lateral izquierdo hacia un carril más ofensivo. Murillo, como capitán y central derecho en la línea de tres, cumplió el rol de referencia defensiva y convirtió su penal; sumó además su partido 98 como internacional. Esos aportes explican el empate, no la clasificación.

Nueva Zelanda hizo lo contrario con menos balón: repliegue ordenado, automatismos de ataque rápido, daño a espaldas y perfección desde el punto penal. Stamenic fue referencia en recuperación y llegada, marcó el 1-0 y también ejecutó en la tanda. El contraste táctico del partido queda en esa asimetría. Panamá administró la pelota; Nueva Zelanda administró los momentos.

Para Christiansen, el termómetro post-India ante un rival mundialista deja una lectura concreta de mejora: proteger mejor los intervalos a espaldas cuando la zaga se estira en posesión, elevar el número de remates claros con la referencia de área o con llegadas de segunda línea, Herbert mostró ese camino, y dosificar los recambios del mediocampo para no vaciar el manejo en el tramo en que el rival espera el partido roto. El empate 1-1 fue producto de un gol de calidad individual panameño tras un castigo temprano por profundidad. La eliminación en penales fue la consecuencia de no haber transformado el 64 % de posesión en una ventaja que evitara esa definición.