El malestar panameño crece sin un liderazgo opositor que lo capitalice

Martes, 6 de Agosto de 2024

Por Enrique Rivera

El 72% de los panameños cree que el país va por mal camino y nadie en la oposición ha logrado todavía cobrarle esa factura. La encuesta nacional de julio lo confirma, frente a un 21% que sostiene lo contrario. El dato es contundente, pero lo que sostiene la tensión política de este momento es otra cosa: ese descontento no encuentra un liderazgo opositor capaz de concentrarlo, traducirlo y convertirlo en una alternativa creíble. Un gobierno puede sostenerse con altos niveles de malestar siempre que la oposición no ofrezca un recipiente creíble donde volcar el hartazgo. El verdadero problema no es la impopularidad en sí, sino la falta de un adversario que la convierta en alternativa concreta.

Hace un año, en julio de 2025, el pesimismo rozaba el techo y el mal camino llegó al 82%. Desde entonces el gobierno recuperó algo de terreno, sobre todo hacia enero de este año, cuando el indicador bajó al 65%. Ahora vuelve a deteriorarse. La lectura describe un país que sigue mirando hacia abajo, sin colapso total ni estabilización, con un margen de alivio demasiado frágil para hablar de giro.

La esperanza se rompe otra vez

El número del futuro es el que más pesa: en enero el 53% esperaba un país mejor dentro de un año y en julio esa cifra cayó al 39%, mientras el 55% anticipa que estará peor. En seis meses se evaporó una parte importante de la expectativa positiva. Ese movimiento suele anticipar erosión en la aprobación de quienes gobiernan, porque apunta a la molestia con lo de hoy y, sobre todo, a la pérdida de la promesa de que mañana puede ser distinto.

La comparación con el pasado cercano confirma el mismo clima: el 66% cree que el país está peor que hace dos años; apenas el 30% percibe mejora. No hay sensación de recuperación estructural. Hay una mayoría que mira hacia atrás y no encuentra alivio, y mira hacia adelante y encuentra más sombra que luz.

La economía familiar introduce una grieta útil en ese relato: el 59% dice que su propia situación va mal y el 36% que va bien. Es una evaluación negativa, pero menos dramática que la del país. El patrón es conocido en la región: la gente puede sentir que la nación se desordena sin experimentar, al mismo tiempo, un deterioro total en su mesa. Esa distancia importa. Permite que el descontento sea alto sin volverse necesariamente explosivo de inmediato.

Todavía más elocuente es la proyección personal: el 52% cree que la economía de su familia mejorará y el 43% piensa que empeorará. Los panameños perdieron buena parte de la esperanza en el rumbo colectivo, pero conservan una reserva de confianza en sí mismos. Políticamente, eso abre dos caminos. Uno es el de la paciencia relativa: el país está mal, yo todavía puedo arreglármelas. El otro es el de la frustración diferida: si esa esperanza individual también se agota, el malestar deja de ser abstracto y se vuelve más difícil de administrar.

Desde enero también se ve desgaste en lo doméstico: la percepción de que la economía familiar va bien bajó de 45% a 36%. La comparación con hace dos años se invirtió: en enero predominaba la sensación de mejora; en julio el 50% dice estar peor y el 44% mejor. El colchón personal se adelgazó. No desapareció, pero ya no ofrece el mismo amortiguador.

Nombres visibles, liderazgo difuso

Si el descontento fuera suficiente para ordenar el tablero opositor, la encuesta mostraría un beneficiario claro, y no lo muestra. Ahí aparece el salvavidas involuntario del gobierno: la fragmentación opositora diluye el costo político del pesimismo y posterga la presión de reemplazo.

Ricardo Martinelli sigue siendo el político con mayor favorabilidad absoluta: 94% de conocimiento, 53% de imagen positiva y 39% negativa, con un balance de +14. La estabilidad de esa cifra, después de años fuera del poder y con procesos judiciales en el historial, explica por qué sigue siendo un factor inevitable en cualquier lectura de la disputa nacional. Concentra recuerdo, adhesión y rechazo al mismo tiempo. Ese 39% negativo lo vuelve tóxico para sectores amplios. Retiene músculo, pero arrastra un techo de rechazo que impide convertirlo en recipiente limpio del hartazgo general.

Juan Diego Vásquez, en cambio, ofrece el mejor balance neto entre las figuras evaluadas: 48% positiva, 31% negativa y un saldo de +17, con 81% de conocimiento. Es el activo relativo más limpio del conjunto. También es un activo que ya no arrastra el capital desbordado de hace un año: tiene margen, no dominio, y puede ser lectura de renovación para una parte del electorado, pero todavía no aparece como el imán capaz de ordenar al conjunto de los inconformes.

Mayer Mizrachi se mantiene en una zona intermedia y relativamente sólida: 78% de conocimiento, 41% positiva, 36% negativa y balance de +5. No lidera la conversación de popularidad, pero evita el deterioro profundo que castiga a otros. Su posición es de permanencia viable más que de despegue.

El otro lado del mapa es más duro y cierra el círculo del vacío. Ricardo Lombana registra 87% de conocimiento con apenas 28% de imagen positiva y 55% negativa. El saldo de -27 convierte la notoriedad en problema: lo conocen, y una mayoría lo valora mal. Martín Torrijos aparece todavía peor en el balance, con 24% positiva, 64% negativa y un -40 que describe una imagen muy deteriorada. Esos saldos los descartan como imanes del descontento: alta exposición sin capacidad de atraer a la mayoría inconforme. David Virzi subió en conocimiento hasta 57%, pero su aprobación no acompañó ese salto: 14% positiva y 40% negativa. Jorge Luis Herrera y Javier Yap Endara siguen en umbrales de desconocimiento altos y casi sin imagen positiva medible.

La fotografía muestra malestar de mayoría, varios nombres con presencia y ningún liderazgo opositor que capitalice de forma evidente esa mayoría. Martinelli retiene adhesión y al mismo tiempo repeles lo bastante amplios como para no unificar; Vásquez conserva el mejor saldo neto sin recuperar el arrastre de hace un año; Mizrachi sostiene un terreno aceptable; Lombana y Torrijos cargan rechazos pesados que los sacan de la disputa por el hartazgo. El vacío radica en que ninguna figura transforma el descontento en preferencia política clara, no en la ausencia total de nombres.

Ese hueco tiene consecuencias estratégicas. Un gobierno puede gobernar con números de ánimo adversos si la oposición no ofrece un recipiente creíble para el hartazgo. El costo de la impopularidad se diluye cuando el electorado no encuentra a quién transferirle la expectativa de cambio. La presión deja de ser de reemplazo inminente y se vuelve presión de clima: incómoda, persistente, pero administrable mientras el malestar siga sin nombre propio. Al mismo tiempo, el riesgo para la oposición es de irrelevancia estratégica: cada mes de malestar sin representación organizada endurece la idea de que el problema del país no tiene interlocutor alternativo, solo queja difusa.

La mina ya no ordena el mapa

El otro desplazamiento de fondo está en la mina: la opinión quedó prácticamente dividida, 50% a favor de reabrirla de manera ordenada y 44% en contra. Hace un año la oposición a esa vía rondaba el 59%. El movimiento es de los más significativos de toda la serie. Un tema que funcionó como frontera moral y movilizadora ahora aparece normalizado, casi empatado, menos útil para construir mayorías automáticas.

Esa mudanza altera el cálculo de todos: quienes construyeron identidad política en la resistencia dura pierden parte del viento a favor. Quienes apuestan a una reapertura con condiciones encuentran un piso social menos hostil que antes, aunque todavía lejos de un consenso. La grieta sigue abierta, pero ya no produce el mismo tipo de alineamiento masivo. En un escenario de vacío opositor, la pérdida de un tema aglutinante complica todavía más la tarea de quien pretenda reunir el descontento bajo una sola bandera.

La combinación es delicada para la competencia electoral futura: por un lado, el pesimismo nacional permanece alto y la esperanza a un año se debilitó con rapidez; por otro, la economía personal aún conserva una franja de confianza y ningún adversario concentra el rechazo al rumbo actual. El gobierno opera bajo presión de ánimo, no necesariamente bajo presión de reemplazo inminente. La oposición opera con demanda social difusa y oferta de liderazgo fragmentada. Esa fragmentación funciona, hoy, como amortiguador involuntario del costo político que debería pagar quien gobierna.

Hay, además, una lectura de tiempo: cuando la gente cree que el país empeora y empieza a dudar del mañana colectivo, el sistema político suele entrar en una fase de volatilidad latente. Esa volatilidad no siempre estalla en el acto. A veces se acumula hasta que aparece un catalizador: un deterioro económico más íntimo, un error de gestión mayúsculo, una figura capaz de hablarle al malestar sin cargar el rechazo acumulado de ciclos anteriores. Hoy ese catalizador personal no se ve con nitidez en los números.

Tampoco conviene exagerar la comodidad de nadie: el hecho de que el pesimismo sea menor que el pico de 2025 no equivale a recuperación de confianza. El 72% en mal camino sigue siendo una mayoría abultada. La relación aproximada de tres a uno entre percepción negativa y positiva describe un entorno áspero para cualquier administración. La diferencia es que la aspereza, por ahora, no se traduce en una transferencia limpia de apoyo hacia un challenger.

Martinelli demuestra que la memoria afectiva y la identificación dura pueden sobrevivir al alejamiento del poder, y también que un piso alto de rechazo puede volver tóxica esa misma fuerza para una parte decisiva del electorado. Vásquez muestra que todavía existe espacio para una imagen neta favorable en un clima adverso, aunque ya sin el capital desbordado de hace un año. Lombana y Torrijos confirman que la exposición sin reparación de imagen se paga caro y descarta a sus portadores como vasos comunicantes del descontento. El malestar, solo, no fabrica liderazgo.

La encuesta de julio deja irritación social persistente y orfandad de representación opositora. En ese territorio la política se define por quién convierte esa disconformidad en una mayoría con nombre, proyecto y pulso para sostenerse cuando el rechazo al presente ya no baste como programa. Mientras ese recipiente no aparezca, el costo de la impopularidad seguirá diluyéndose y el gobierno operará con malestar alto, pero sin un adversario que lo obligue a pelear el poder en serio.