La ‘Regla Ohtani’ genera controversia: ¿Ventaja injusta para Dodgers?

Sábado, 25 de Abril de 2026

Por Enrique Rivera

Enfrentar a los Dodgers en 2026 es como correr una maratón con pesas: ellos respiran con catorce brazos mientras tú jadeas con trece. Hay algo más, una pequeña grieta en el reglamento que permite que el equipo de Los Ángeles salte al terreno con una pieza que no encaja en la aritmética del resto. Mientras cualquier otro mánager tiene que hacer malabares para no quemar a sus relevistas antes de agosto, Dave Roberts opera con un brazo extra, un fantasma legal que permite que su rotación respire mientras las demás se ahogan. Todo nace de una norma que tiene nombre y apellido, aunque en las oficinas de la MLB prefieran llamarla la regla del jugador bidireccional.

Esta disposición altera el equilibrio básico del béisbol de una forma que no habíamos visto antes. La idea es simple en el papel: si tienes a alguien capaz de lanzar y batear a nivel de élite, el juego te premia permitiendo que ese jugador no ocupe una de las trece plazas destinadas a los pitchers. El resultado es que los Dodgers cuentan con catorce lanzadores en un roster de veintiséis. Es una flexibilidad operativa que ninguna otra franquicia puede reclamar y que se siente como una trampa permitida en un deporte donde la gestión de los brazos define quién llega vivo a octubre y quién se queda en el camino tras 162 partidos.

El origen de este privilegio no fue un arrebato de última hora. Fue una construcción lenta que empezó en 2019, cuando las Mayores intentaron poner orden a la moda de los jugadores de posición subiendo a la loma para ahorrar brazos en juegos perdidos. Para 2022, la liga ya había soltado las amarras. Se creó una exención explícita para el pitcher número catorce y se introdujo la cláusula que permite al lanzador abridor seguir como bateador designado aunque lo saquen del montículo. El objetivo era noble, o al menos eso decían en las reuniones de dueños: querían recuperar ese perfil de atleta total que el béisbol abandonó en los años setenta, cuando la especialización se volvió una religión.

Pero el diablo está en los detalles del umbral para calificar. Para ser considerado bidireccional, un jugador debe haber lanzado al menos veinte entradas y haber tenido veinte inicios como bateador o designado con tres apariciones al plato por juego, ya sea en la temporada actual o en las dos anteriores. Es una barrera tan alta que parece diseñada para que solo una persona pueda saltarla. Al final, lo que se vendió como un incentivo para la versatilidad terminó siendo un traje a medida.

La fábrica de especialistas que no admite híbridos

Si uno mira los borradores del draft de los últimos años, parece que el cambio cultural está en marcha, pero la realidad en las granjas de ligas menores cuenta una historia distinta. Entre 2021 y 2025, unos veintidós prospectos fueron reclutados con la etiqueta de jugadores de dos vías. La influencia del modelo japonés es innegable, pero el sistema de las Grandes Ligas sigue siendo una trituradora que exige elegir un bando. Los clubes, por puro instinto de supervivencia y eficiencia, prefieren un brazo que suba rápido a las Mayores que un experimento que pueda romperse por el camino.

Los ejemplos de este fracaso del modelo híbrido sobran. Los Giants tuvieron en sus manos a un primera base con potencia en el brazo que terminó dejando la loma para no arriesgar su carrera ofensiva. En Kansas City pasó lo mismo con un jardinero derecho que prometía fuego desde el montículo, pero que hoy solo se dedica a fildear. Incluso en Nueva York, los Mets vieron cómo un lanzador con madera de bateador abandonaba el cajón de bateo para concentrarse en sus pitcheos. La carga física es demasiado grande y el riesgo de lesiones no compensa la ganancia para organizaciones que viven bajo la presión del resultado inmediato. Así, la regla que debía democratizar el talento solo ha servido para blindar la excepción de un solo hombre.

El alivio de un bullpen que nunca se agota

Tener catorce lanzadores en lugar de trece no es un detalle menor para un cuerpo técnico. Es la diferencia entre poder usar a un relevista de largo aliento para salvar una mala tarde de un abridor o tener que pedirle un esfuerzo extra a un brazo que ya está al límite. En una era donde los abridores rara vez pasan de la quinta entrada, ese pitcher adicional funciona como un colchón estratégico. Permite manejar especialistas para situaciones concretas sin miedo a quedarse sin opciones si el juego se va a entradas extras.

Los rivales que comparten división con los Dodgers tienen que enfrentar este desbalance trece veces al año. Es un dilema crónico. Mientras el resto de la liga sufre para cubrir los huecos que dejan las lesiones en la rotación, el equipo favorecido por la regla puede absorber esos imprevistos sin tener que recurrir a novatos de las menores que todavía no están listos. Incluso si el jugador bidireccional fuera contado como pitcher, su doble rol seguiría dándole al equipo un exceso de bateadores en la banca, lo cual es una ventaja evidente en cualquier escenario.

El privilegio de no tener que elegir

Hay una segunda arista en este reglamento que rompe con la tradición táctica del juego. Normalmente, cuando un mánager saca a su lanzador abridor, pierde su aporte en la alineación. Con esta regla, el bateador designado no desaparece. Esto elimina ese momento de tensión en la quinta o sexta entrada donde el estratega debe decidir si deja a su as una entrada más para que pueda volver a batear o si prioriza la defensa. Aquí no hay costo. El bateador permanece en su turno, intacto, mientras un nuevo brazo se hace cargo de la loma.

Los críticos dicen que esto es como jugar con un hombre gratis. No hay penalización por el cambio. La defensa de la liga es que el estándar para calificar es tan exigente que solo un atleta de producción élite en ambos lados del plato puede lograrlo. Argumentan que mantener a una figura así en el campo durante todo el juego es bueno para el negocio y para el espectáculo. Sin embargo, cuando no hay competencia real por ese puesto, la norma se convierte en un monopolio que una sola franquicia explota para acumular victorias marginales que, al final de la temporada, deciden quién gana la división.

Setecientos millones de razones para conocer la ley

No podemos olvidar que todo este escenario estaba fríamente calculado. Cuando se firmó aquel contrato de diez años por setecientos millones de dólares, con esa estructura de pagos diferidos que mandó 680 millones al futuro, todos los equipos sabían lo que estaban comprando. Toronto, Chicago y San Francisco evaluaron ese valor extra que otorgan las reglas de excepción. Sabían que el valor proyectado de un jugador así supera por mucho a cualquier lanzador o bateador puro, no solo por lo que hace en el campo, sino por el espacio que libera en el roster.

Nadie culpa a la gerencia de los Dodgers por aprovechar el reglamento al máximo. Cualquier otra oficina habría hecho lo mismo si hubiera tenido la chequera y la oportunidad. El problema es la sostenibilidad de un sistema que permite estas asimetrías. Con cuatro aperturas en lo que va de esta campaña, 24 entradas lanzadas y una efectividad ridícula de 0.38, los números validan la norma pero también alimentan el resentimiento de quienes sienten que el campo no está nivelado.

El dilema de perseguir a un unicornio solitario

Estamos ante un fenómeno que escapa a la lógica común. Ver a alguien entrar al club del 50/50 en jonrones y bases robadas, mantener una racha de 53 juegos embasándose y, al mismo tiempo, acumular más de nueve mil lanzamientos en su carrera profesional es algo que desafía la medicina deportiva. El único nombre que se le acerca en términos de dominio puro en el plato es Barry Bonds, pero Bonds nunca tuvo que preocuparse por calentar el brazo para abrir un juego el martes.

El béisbol siempre ha cambiado sus reglas para sobrevivir, desde la llegada del bateador designado en el 73 hasta las restricciones de pitcheo tras la pandemia. Estas excepciones para jugadores bidireccionales son parte de esa evolución, un intento de premiar la anomalía en un mundo de especialistas. Los Dodgers no juegan con trece pitchers y un fantasma que batea: juegan con un unicornio que el resto persigue en vano, y eso desnivela el diamante para siempre.