El Sevilla de Luis García Plaza encontró ayer, durante tres cuartos de hora, la fórmula para incomodar al líder de LaLiga: presión hombre a hombre, pocos toques y daño preferente por su banda izquierda. Esa idea adelantó el marcador y desordenó la salida blaugrana. El partido, sin embargo, se resolvió cuando el Barcelona dejó de precipitarse, ordenó la posesión y convirtió a Raphinha en el finalizador de un monólogo territorial que el local ya no pudo sostener. La remontada 1-3 y el pleno de siete victorias nacieron de un cambio de ritmo y de precisión tras el descanso que el Sevilla no contrarrestó.

El planteamiento local se apoyó en un mediocampo de tres con Agoumé, Fofana y Kochorashvili, extremos abiertos y Robbie Ure como referencia. La intención era clara: saltar sobre la primera línea blaugrana, cortar el ritmo habitual del campeón y buscar espaldas, sobre todo por el costado de Suazo y Félix Correia contra Eric García. En los primeros dieciocho minutos esa asfixia funcionó. El Barcelona se mostró impreciso, con pérdidas de Pedri, Rodri y Fermín, y Lamine Yamal, aun capaz de un slalom que terminó en el palo, exhibió frustración ante la grada.
El 1-0 del minuto 19 condensó ese mecanismo. Una pérdida de Raphinha activó la transición sevillista; Correia recibió por izquierda, centró y Fofana ganó el duelo aéreo para sorprender a Livaković. Era la primera vez en la temporada que un rival frenaba con tanta contundencia el liderazgo goleador del Barça en liga. El Pizjuán se encendió porque el plan físico y de presión había encontrado premio.

La respuesta llegó en tres minutos y cambió el clima del partido. Christensen filtró para el desmarque de Raphinha; el brasileño, actuando como nueve, quebró a Sangante dentro del área y definió con la derecha ante Vlachodimos. Ese 1-1 no solo igualó el marcador: cortó el rugido local antes de que el Sevilla pudiera capitalizar anímicamente su ventaja. Raphinha resolvió lo que el resto del ataque visitante aún no resolvía, la definición en el área tras un pase entre líneas, y mantuvo vivo a un equipo que en ese tramo seguía sufriendo el 1v1 en el mediocampo.
Hasta el descanso el Sevilla mantuvo vigor y llegadas. Correia y Kochorashvili generaron peligro; Rodri evitó con un corte un posible 2-1. El Barcelona empataba, pero no controlaba. La lectura de duelos era favorable al local en la zona central y por su izquierda. El campeón llegaba al intermedio con la sensación de haber sobrevivido más que de haber impuesto su idea.

El punto de quiebre fue una corrección colectiva al volver del vestuario. Flick no movió la pieza inicial; movió la actitud y el tempo. Los centrales se proyectaron con más decisión, Pedri empezó a romper líneas y el equipo recuperó precisión en el primer pase. El Sevilla, que había vivido de la intensidad y de las pérdidas ajenas, dejó de asfixiar con la misma agresividad. Ahí el partido cambió de dueño.
Con más pausa y más territorio, el Barcelona monopolizó el balón. Las estadísticas finales lo confirman con crudeza: 69 por ciento de posesión y 24 remates contra 7 del Sevilla. Cuando el Sevilla ya no robaba alto ni llegaba en oleadas, su plan se diluyó.

El 1-2 nació de un error encadenado. Correia perdió un balón infantil, el despeje salió corto y Lamine Yamal ganó la línea de fondo para poner un centro medido. Raphinha, anticipándose en el área, remató de cabeza. Fue el minuto 52. El líder se puso por delante en Nervión y el Sevilla acusó el golpe: la presión bajó de intensidad y el equipo local empezó a perseguir un partido que minutos antes había conducido.
La sentencia llegó en el 69. Otra vez Yamal, esta vez entre líneas, leyó el desmarque de Raphinha y lo habilitó a la espalda de la zaga. El brasileño resolvió con una picadita ante la salida de Vlachodimos y cerró el hat-trick. Tres goles con tres gestos distintos, derecha, cabeza y zurda en forma de vaselina, y dos asistencias del extremo en la segunda parte. Yamal pasó de la frustración del primer tiempo a ser el generador que abrió pasillos cuando el Sevilla ya no compactaba igual. Raphinha, renovado y con liderazgo ofensivo, sostuvo la definición que el Barça necesita de su falso nueve en esta racha.
En el entorno del 59′ Christensen abandonó el campo por molestia muscular en el cuádriceps. Gerard Martín entró en frío y aportó salida con pierna natural; la estructura no se rompió. Flick confirmó después que el danés estará varias semanas de baja, un coste físico real en una zaga que venía proyectándose con balón. El Sevilla intentó reaccionar con Ejuke por Correia y, más tarde, con Isaac Romero, Carmona, Alfon y Guridi. El ajuste fue más ofensivo en el papel, pero tardío respecto al plan que había funcionado, y el equipo perdió la presión del primer tiempo y el control de los segundos balones.
En el tramo final el Barcelona rotó con Olmo, Adeyemi, Gabriel Jesús y Marc Bernal. Siguió generando ocasiones, Gordon falló dos muy claras; Vlachodimos tapó a Olmo y a Adeyemi, sin ampliar el marcador. No hacía falta. El local apenas inquietó con un remate de Isaac Romero tras córner en el descuento. La gestión fue de balón y de anestesia territorial, coherente con un equipo que ya había resuelto el mecanismo central del partido.
El Sevilla demostró identidad competitiva: presión, vigor de mediocampo y una banda izquierda capaz de herir al líder. Su problema fue de sostenimiento. Cuando el Barça corrigió imprecisiones y elevó el ritmo de posesión, el plan local se quedó sin combustible y sin respuesta táctica a tiempo. Para García Plaza el mensaje es doble: el modelo sirve para pelear contra cualquiera, pero necesita un plan B cuando el rival deja de regalar pérdidas.
Para el Barcelona, el partido refuerza dos certezas y abre una tensión. La certeza ofensiva es Raphinha como nueve total en forma, ayer llegó a 12 goles en siete jornadas de liga y encadenó su segundo triplete consecutivo, y Yamal como socio decisivo cuando el equipo ordena el juego. La certeza colectiva es la capacidad de corregir un mal primer tiempo sin tocar el once, algo que sostiene el 21 de 21 puntos y la ventaja de seis sobre el Madrid. La tensión es física: la baja de Christensen y las molestias tardías de Pedri recuerdan que este ritmo de presión y línea adelantada cobra peaje. El liderato se amplía con autoridad visitante; el margen para rotar y cuidar muslos se estrecha al mismo tiempo.

