Había un solo banquillo capaz de romper su silencio de cinco años. Ayer, en la sede de la Federación Francesa en París, Zinedine Zidane lo ocupó sin rodeos. No había vuelto a un banquillo desde que dejó el Real Madrid en mayo de 2021. Rechazó ofertas de clubes, evitó la exposición mediática y guardó una sola respuesta posible: solo le interesaba dirigir a la selección que marcó su vida como futbolista. El contrato es de cuatro años. El cargo, el único que quería.

La presentación tuvo más carga simbólica que una rueda de prensa habitual. Hinchas con la camiseta azul del 10 esperaban afuera. Adentro, Zidane habló bajo, con una emoción contenida que apenas asomó en una sonrisa breve. Dijo que el día representaba continuidad y un sueño. Que era lo único que había deseado desde Madrid. Que por fin ocurría. La calma con la que se movió no es un detalle de protocolo: transmitiéndola ha construido buena parte de su autoridad como entrenador.
El relevo cierra catorce años de Didier Deschamps. La base que deja es sólida, aunque el último Mundial dejó una lectura mixta. Francia mostró más fluidez que en la Eurocopa de 2024, pero no apareció en la semifinal ante España y cayó 2-0. Después perdió el partido por el tercer puesto ante Inglaterra por 6-4. El legado no se discute en títulos ni en capacidad para ordenar egos. La duda que hereda Zidane es otra: cómo hacer que una plantilla de élite juegue con más libertad sin romper la disciplina colectiva que Deschamps sostuvo durante más de una década.
Zidane y Deschamps son personajes distintos. Uno fue el mediocentro que recuperaba y repartía para que otros brillaran. El otro fue el 10 de elegancia y definición, dos veces goleador en la final del Mundial de 1998. Esa diferencia de oficio alimenta la expectativa de un fútbol más ofensivo. El propio Zidane lo insinuó sin levantar la voz: jugaba de enganche, lo que lo mueve es hacer goles, y vivió un cuarto de siglo en España. Aun así, se cuidó de vender ruptura. Didier es Didier, dijo. Zizou es Zizou. No hay quiebre con el pasado; cree en una continuación.

Esa tensión es el núcleo del nombramiento. Francia no necesita una refundación de nombres. Necesita que un grupo de individualidades enormes funcione como sistema sin apagar el talento. En Madrid, Zidane resolvió ese problema con una plantilla repleta de jerarquía y ganó tres Champions League seguidas entre 2016 y 2018. El método no fue la revolución táctica permanente. Fue gestionar egos, leer momentos y mantener una temperatura interna estable. Esa experiencia pesa más que el vacío de cinco años fuera de los banquillos. Él mismo lo planteó con sequedad: no estuvo cruzado de brazos; vio más fútbol en este intervalo que cuando entrenaba al Madrid.
Los cambios, si llegan, apuntan a ser sutiles. Más libertad de circulación, menos corset en ataque, sin desarmar la estructura que Deschamps dejó lista. El riesgo de forzar una estética nueva sobre una base ganadora es alto. El riesgo de copiar el libreto anterior y defraudar la ilusión que genera su apellido también lo es. Entre esos dos bordes se juega su primer mandato.
Todavía no ha hablado con Kylian Mbappé. Quiere que el delantero descanse después de ganar el Botín de Oro en el Mundial. El gesto dice tanto como una convocatoria: entiende la jerarquía del vestuario y el costo físico de un torneo largo. Mbappé sigue siendo la pieza más determinante del equipo. Cualquier evolución ofensiva pasa por encajar su peso sin convertir el sistema en un monólogo. El resto del plantel, cargado de calidad en casi todas las líneas, exigirá el mismo oficio de mediación que Zidane ya ensayó con figuras globales en el Bernabéu.
Su cuerpo técnico principal es el de Madrid, con algunas incorporaciones. La continuidad operativa le da red de seguridad en un entorno nuevo. El primer examen competitivo está marcado: el 25 de septiembre visita a Turquía por la UEFA Nations League. No es una final, pero sí el primer espejo público de ideas, once y ritmo de trabajo. Más allá de esa fecha, el horizonte real es la Eurocopa 2028 en Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. Cuatro años de contrato alcanzan para construir un ciclo completo y medirlo en una cita mayor.
Zidane llega con el respaldo popular intacto. Para una parte del público francés no es solo un entrenador: es el futbolista que definió una época y el hombre al que quieren ver cerrar en el banquillo lo que como jugador terminó de manera amarga en 2006. Esa legitimidad ayuda. También complica. Cada ajuste se leerá como traición al pasado reciente o como cobardía creativa. Él se presentará, una y otra vez, como continuación. El trabajo de verdad empieza cuando esa frase deje de bastar y el equipo tenga que demostrar si la herencia de Deschamps puede crecer sin dejar de ser reconocible.

Francia no le pide a Zidane que sea otro Deschamps ni que borre catorce años en tres meses. Le pide que convierta una plantilla privilegiada en un equipo con identidad propia antes de que el calendario de 2028 se vuelva inapelable. El mito ya está en el banquillo. Falta el equipo.