El camino de Miguel Herrera ante su primer juicio político futbolístico
Costa Rica llegó a este punto con una mochila que pesa más por las decisiones que por los resultados. El campeonato detenido casi tres semanas, veinte días para algunos clubes. Un apagón total del ritmo competitivo en nombre de la selección. En el fútbol moderno tres semanas sin competencia es una eternidad. El músculo pierde respuesta. La mente pierde intensidad. La curva de rendimiento se rompe. Un microciclo puede construir ideas, sí, pero también destruir ritmo.
Miguel Herrera lo pidió. La Federación lo concedió. Costa Rica presionó el botón de pausa en su campeonato como quien apuesta todo a una sola carta. Y el país entero mira la convocatoria para enfrentarse a Honduras y Haití con una mezcla incómoda de ansiedad y sospecha.
El discurso oficial es simple. Trabajar el concepto. Reforzar la idea. Usar el tiempo para corregir. Se entrenó doble sesión miércoles, jueves y viernes. Sesión más ligera el sábado. Descanso. Y luego la lista final.
Lo no dicho es más poderoso. Esta lista define algo más profundo. Define quién manda.
El retorno de los experimentados tenía guion de novela. Kendal Waston. Celso Borges. Joel Campbell. Nombres que en Costa Rica no son discusión. Son religión. El problema no es su calidad. El problema es lo que representa su regreso.


Dentro del análisis se repite una frase: al técnico lo obligaron a llamarlos. Y esa frase es dinamita en una eliminatoria.
Waston vuelve porque lo pidió la afición. Aéreo imponente, sí. Pero lento en el piso. Su convocatoria es una apuesta emocional. Más banderas que táctica.
Borges regresa como brújula del vestuario. Rendimiento sólido en la Liga. Pero llegó con molestias en una práctica. La selección no puede construir futuro si vive en el dolor de su pasado.
Joel Campbell siempre es un caso aparte. El jugador más influyente de Costa Rica en la última década. Con jerarquía. Con desbordante talento. Con una carga emocional que ningún otro jugador carga. Joel juega y el país discute política, no fútbol.
La lectura profunda de este regreso es clara. El retorno de los viejos soldados es el certificado de defunción de la generación joven. Si los jóvenes hubieran respondido, los veteranos no volverían. No hay mejor diagnóstico que ese.
Brandon Aguilera quedó fuera. El técnico fue frontal. No respondió en la Copa Oro ni en la eliminatoria. Traducción brutal: no dio la talla.
Alejandro Bran sí continúa, pero llega cuestionado. Las estadísticas pueden defenderlo. Las sensaciones no. Su nivel cayó, y aun así Herrera lo mantiene. La meritocracia queda en entredicho.
Warren Madrigal regresa tras una lesión. Con pocos minutos en su club. Aun así convocado. Otro mensaje que cambia la narrativa.
Josimar Alcocer, Álvaro Zamora, Kenneth Vargas y Manfred Ugalde son la cara opuesta de esa historia. No llegan por política. Llegan porque compiten fuera del país. Porque están hechos a otro ritmo. Porque no se arrugan.
Esta vez la convocatoria no premia promesas.
Premia impacto real.


La defensa de Costa Rica es el retrato más honesto del momento que vive la selección. No es solo una línea de cuatro. Es un diagnóstico. La zaga está formada por jugadores con recorrido internacional, que han jugado con estadios encima y eliminatorias que queman. Waston, Calvo, Juan Pablo Vargas, Cascante, Gamboa, Van der Putten. Todos con biografías distintas. Todos con músculo competitivo. Pero ninguno con continuidad dentro del mismo sistema. La jerarquía existe. La cohesión no.
Una defensa no se construye con currículum. Se construye con repeticiones. Con automatismos. Con memoria. Costa Rica llega a estos partidos sin una pareja central consolidada, sin un lateral titular indiscutible, sin secuencia de partidos que permita reconocer patrones. Las piezas están. El dibujo todavía no. Y en eliminatoria, donde los errores no se corrigen sino que se pagan, la falta de memoria colectiva no es un detalle. Es un riesgo estratégico.
Lo que más inquieta no es lo que la defensa puede ser, sino que no ha tenido tiempo para serlo. El campeonato detenido le quitó ritmo competitivo a muchos jugadores que dependen de la intensidad del torneo para sostener su forma. La pausa mató el hábito. Y ahora, en el partido más importante, Costa Rica llega con una defensa que sabe cómo defender, pero no sabe cómo defender junta.
En medio de esa incertidumbre aparece Keylor Navas. Su convocatoria no es una discusión futbolística. Es un acto de fe. Keylor no es solo un portero. Es la última línea emocional de un país. Cuando está en cancha, la selección defiende diferente, no porque Keylor vaya a hacer lo imposible, sino porque todos creen que lo imposible es posible. La presencia de Navas elimina dudas. Reduce temblores. Ordena al grupo.
La defensa aún no tiene memoria. Keylor sí. La selección aún no tiene identidad. Keylor sí. Con él, Costa Rica no solo resiste. Se convence.
Miguel Herrera entiende dónde está parado. Entiende que Centroamérica no es un territorio donde las convocatorias se manejan en silencio. Aquí cada nombre tiene dueño, cada decisión tiene eco y cada lista tiene un costo político. La convocatoria preliminar fue ruido. Rumores. Sugerencias externas. Cuentas por cobrar. Ese ruido empujó la narrativa de imposición.
Pero la lista final cambió la conversación. Herrera cortó nombres que llegaban con ruido acumulado. No está Aguilera. No está Randy Ramírez. No está Lassiter. No es casualidad. Allí hay una decisión. Y en el fútbol las decisiones definen jerarquías. Cuando un técnico recorta nombres que el entorno empuja, deja un mensaje para el vestuario: esta lista es mía.
Los jugadores lo sienten al instante. En un vestuario siempre se sabe cuándo una convocatoria es política y cuándo es deportiva. Cuando sienten que es política, el equipo deja de morir por el técnico. Cuando sienten que el técnico toma control, lo siguen al incendio. La autoridad no se declara. Se ejerce.
Todo lo que Costa Rica hizo hasta hoy converge en este punto. El campeonato se detuvo. El ritmo se sacrificó. Las convocatorias se filtraron. Se corrigió a última hora. Herrera eligió jerarquía donde debía construirse evolución. Eligió experiencia donde la teoría pedía renovación. Apostó el capital del proyecto en una lista que hoy lo compromete.
Este es el grupo con el que Miguel Herrera está dispuesto a asumir su nombre. No hay red de seguridad. Detener un torneo para sostener una idea equivale a romper el puente después de cruzarlo. Ya no hay vuelta atrás. La eliminatoria no ofrece prórrogas ni explicaciones. Aquí no se evalúa el potencial. Se evalúa la capacidad de resistir. No gana el más vistoso. Gana el que no se rompe.
Costa Rica llega con nombres, jerarquía y un portero que sostiene el alma de un equipo. Pero un conjunto de nombres no es identidad. Este partido no se resuelve con un currículum. Se resuelve con convicción. Y ahora lo que define esta historia no son los jugadores que llegaron, sino los que no regresarán si esto fracasa.
Si Costa Rica elimina a Honduras y toma el boleto final, la narrativa será que Herrera tuvo la valentía de corregir. Si falla, el país no señalará a los jugadores. Señalará al técnico que detuvo un campeonato para sostener una idea que nunca apareció.